Solo gratis

Por Gracias Iglesias

¿Se imaginan que en un colegio se comprase un equipo informático de muy buena calidad y, a la hora de instalarlo, la dirección del centro dijera: “puede venir un informático, pero gratis, porque la política del centro es que no se pague a nadie de fuera”? Suena absurdo, ¿verdad? Pues resulta que lo que en la mayoría de profesiones es absolutamente impensable, en el ámbito de la literatura no solo no parece un disparate, sino que incluso se observa como lo más normal del mundo.

Me explico. Supongamos que un centro educativo compra libros para su biblioteca. Libros de calidad, se entiende, libros con los que se pretende introducir a los escolares en el maravilloso mundo de la lectura. Ahora pongamos que en el colegio hay una maestra de esas que aman lo que hacen y busca constantemente nuevas maneras de inspirar a su alumnado y de ofrecer a sus peques experiencias que los introduzcan con amor en el mundo de la lectura.

Imaginemos que dicha maestra se toma la molestia de contactar con una de las autoras de esos libros para que visite el centro, cuente sus cuentos y sus pequeños admiradores disfruten de un rato inolvidable. La autora accede, pone todas las facilidades que están a su alcance para ajustarse a la fecha que le piden y presenta un presupuesto. Entonces la dirección del centro acaba de un plumazo con la operación bajo la siguiente consigna: “No puede venir nadie al centro pagándole. Si la actividad fuera gratis, sí». Tal cual, como lo leen. Esa es, exactamente, palabra por palabra, la justificación que acabo de recibir por email, acompañada de algunas frases de disculpa de la decepcionada maestra quien imagino que, si se encuentra más veces con este tipo de situaciones, perderá más pronto que tarde la ilusión por hacer propuestas enriquecedoras.

Es triste. Es muy triste la rotundidad con la que algunas personas e instituciones dejan meridianamente claro que la cultura y la educación no son valiosos y que quienes vivimos de la escritura y la narración oral no merecemos el respeto de ser tratados como profesionales. Porque eso, exactamente, es lo que significa cobrar por un trabajo. Y, por desgracia, el ejemplo que narro no es un caso aislado.

Claro, al final los que pierden son los niños y niñas que, en lugar de recibir actividades de calidad, se tienen que tragar lo que, con mayor o menor fortuna, les ofrecen personas amateurs –generalmente madres y maestras– a las que les sobra buena voluntad, pero que no siempre cuentan con la experiencia y los recursos apropiados para enganchar y dejar huella.

Sí, ya sé, ya sé que el gran argumento es siempre el de que la cultura y los productos culturales tienen que ser gratuitos para que lleguen a todos, para que no se conviertan en patrimonio de la élite. El problema es que los contenidos no se crean solos, hay que dedicar mucho tiempo, trabajo (sí, aunque disfrutemos haciéndolo es un trabajo) e inversión (en formación, en materiales…) para elaborar cualquier producto cultural, desde un libro a una sesión de cuentacuentos. Y resulta que quienes nos dedicamos a esas labores creativas, tenemos la mala costumbre de comer, vestirnos, pagar impuestos, llenar los depósitos de nuestros coches o comprar abonos transporte para acudir a los colegios, bibliotecas y librerías que nos llaman. Curiosamente, no suelo encontrar este tipo de pegas a la remuneración de las actividades de animación a la lectura en los barrios más humildes, más bien al contrario, en las zonas desfavorecidas se consideran un valor añadido que se aporta a la educación y allí recibo siempre cariño y respeto. Pero hay lugares en los que los niños de 6 o 7 años llevan en la mochila móviles de más 600 euros, y cuyas familias regatean medio euro para una actividad escolar o, directamente, se niegan a que se haga si no es “gratis”.

Ah, por cierto, cuando de mí depende, jamás un niño o una niña se ha quedado sin asistir a una sesión de cuentos porque su familia no pueda permitírselo. Ya me encargo yo de “becar” a ese pequeño. Y les juro que esto no es un cuento.