ME LO PIDO

Por Gracias Iglesias

Parece que por fin no se ven moscas. El frío las ha hecho desaparecer hasta la primavera, si dios quiere. Hace solo unos días, cuando aún disfrutábamos de esa nueva estación que nos ha concedido el cambio climático a la que algunos llaman “veroño”, todavía daban la lata con su acostumbrada testarudez en las casas de campo e incluso en las ciudades.

Cuando era niña mi madre nos contó a mi hermana y a mí que las moscas eran “pajes de los Reyes Magos”. La anodina omnipresencia de estos insectos las hacía cómplices perfectas de Sus Majestades que, así, podían estar al tanto de todo nuestro registro anual de fechorías. Y de la extensión más o menos corta o larga del mismo dependía que el día 6 de enero encontrásemos carbón o regalos bajo el árbol de Navidad. Aunque lo cierto es que, por muy mal que nos hubiéramos portado, siempre teníamos regalos y el carbón, de haberlo, era de caramelo.

En nuestra carta a los Sabios de Oriente teníamos permiso para pedir tres cosas, una por cada uno de los monarcas. Lo curioso es que, según recuerdo y por alguna carta que los Magos nos devolvieron contestada con anotaciones, generalmente nuestras tres peticiones se dividían en: 1. un juguete que nos hacía especial ilusión; 2. “algo para papá y mamá”; 3. “algo para los niños pobres”. Aunque, eso sí, siempre concluíamos con la coletilla: “y lo que Sus Majestades quieran”, que producía unos excelentes resultados. Entre lo que nos dejaban en casa y en las casas de nuestras abuelas, el botín reunido no era nada despreciable.

Creo que mi generación, la de EGB, la primera de la tele en color, fue también la primera del “me lo pido”. Crecimos teniendo muchísimas más facilidades, comodidades y pertenencias que nuestros progenitores quienes, a su vez, tuvieron Reyes Magosmucho más que nuestras abuelas y abuelos. Es como si, en cada nueva rama del árbol genealógico nos empeñáramos en ofrecer a nuestros pequeños cuanto nosotros tuvimos y, sobre todo, aquello que nos faltó.La cuestión es que, en ese afán por evitar la decepción a nuestros hijos, sobrinos o nietos, estamos alimentando un gigantesco monstruo de materialismo que hace que cada vez nos resulte más difícil conseguir una explosión de alegría y un disfrute más o menos prolongado.

Lo que antes era un regalo de categoría “primera comunión”, hoy apenas arranca una ligera expresión de aprobación si “cae” en Reyes o por un cumpleaños, cuando no un reproche porque no es el modelo/color/versión/ adecuado.Regalos

Tratamos de educar a nuestros niños y niñas en valores, pero al mismo tiempo empujamos la rueda de una avidez brutal que les impide agradecer lo que tienen y hace que pongan el foco en lamentar lo que les falta.

Eso, por supuesto, hablando siempre desde la confortable perspectiva de las familias de clase media de nuestro desarrollado país del primer mundo (no digamos ya las de clase acomodada). En otros hogares de esta misma porción del planeta, hay familias que apenas tienen para pagar el gas en los fríos meses de invierno, mucho menos para comprar juguetes. En una aldea de Togo, una niña puede guardar en un cubo de plástico todas sus pertenencias, todo lo que tiene en el mundo. En una pequeña aldea de Marruecos a Hajar, sus hermanas y hermanos y sus amigas del colegio les brillan los ojos como si estuvieran ante un cofre del tesoro cuando quien esto escribe abre su bolso y extrae de él una sencilla bolsa de globos. Quizá deberíamos pensar en ello al preparar las cartas de este año a Papá Noel (que ahora también trabaja aquí) y los Reyes Magos, recordando esa otra realidad que no es un cuento.