NIÑO-RUEDA

Por Gracias Iglesias

Mi pareja ha comprado una de esas pulseras que te monitorizan los ritmos vitales para –según reza la publicidad–, “ayudarte, motivarte y ponerte en forma”. La maquinita en cuestión, además de dar la hora, mide el pulso, las horas de sueño ligero y profundo, el ritmo cardiaco y los pasos que das a lo largo del día. Aunque parezca una memez, resulta que en cuanto está alrededor de tu muñeca, sientes un deseo irresistible de conocer todos esos datos que, hasta ese momento, te habían importado tres pepinos. Y, encima, el cacharrito te desafía. Al parecer, si eres una persona sana de mediana edad, no deberías terminar la jornada sin haber dado, al menos, 8000 pasos. No parecen demasiados, ¿verdad? A poco que sales a hacer alguna gestión por la ciudad o subes y bajas las escaleras del metro… Sin embargo, he podio comprobar que cuando dedico el día a escribir o trabajar en el ordenador, a duras penas logro alcanzar la cuarta parte de ese sencillo objetivo.

Con el smartwatch puedes medir toda tu actividad física durante el día.

Hoy pienso en Yayra, la niña togolesa cuya historia contamos María Angulo y yo en uno de los libros de nuestra colección “Esto no es un cuento”. Cada día tiene que ir a la escuela en mitad del campo. Ella es afortunada, porque la pequeña aldea de Atchakpo donde vive no queda demasiado lejos del colegio, pero muchas de sus compañeras tienen que caminar varios kilómetros para llegar hasta allí.

Incoherencia humana: la mitad de la población mundial vivimos sobrealimentados, tratando de compensar el sedentarismo diario a base de correr en cintas de hámster en macrogimnasios con spa, al tiempo que en otras partes del planeta millones de personas se levantan cada día sin saber si tendrán algo que llevarse a la boca y teniendo que recorrer muchos kilómetros para encontrar agua, ir a la escuela o llevar a cabo las tareas más sencillas.

Y, por si eso fuera poco, lo más curioso es que, mientras los “desarrollados” nos ceñimos pulseras de entrenamiento y luchamos contra la obesidad infantil reclamando más horas de educación física y dietas más sanas en los centros escolares, también apostamos por una movilidad supuestamente sostenible que, en aras de conseguir ciudades menos contaminadas, se está convirtiendo en verdad en una plaga de ruedas que priva a niñas, niños, jóvenes y no tan jóvenes del sencillo ejercicio de caminar.

El patinete eléctrico solo es el más digno de estos elementos de transporte, preferido por los que ya vamos teniendo unos años y que somos incapaces de encaramarnos a la plataforma basculante del monopatín eléctrico llamado hoverboard sin rompernos la crisma. Mi sobrina, en cambio, a sus 12 años, maneja ese artefacto como si fuera una parte más de su anatomía. Y niñas más pequeñas circulan sobre ruedas incluso dentro de sus propias casas.

Este verano en Mérida, cenando con unas amigas, me sorprendí al ver pasar un niño sobre un monociclo eléctrico, sí, han leído bien: una rueda eléctrica que le permitía moverse a mayor velocidad que a pie, manteniendo el equilibrio, aparentemente, sin el menor esfuerzo. “Lo llamamos el maravilloso niño-rueda –dijo una de mis amigas meridanas–, porque jamás en la vida lo hemos visto caminar”. Parece el sugerente título de un cuento, pero no, les aseguro que no, que esto no es un cuento.