AMAZONAS

Por Gracias Iglesias

La Tierra, el pequeño planeta que habitamos, es como un gran ser vivo que palpita, que se agita y respira. Late desde su corazón de magma, que a veces nos sorprende encrespando la piel de agua y continentes sobre la que vivimos. Y respira a través del verde pulmón de sus bosques y selvas. A veces, los seres humanos olvidamos nuestra insignificante condición de pulgas sobre este prodigio de la creación y nos convertimos en una peligrosa enfermedad que hace daño a la acogedora y generosa madre naturaleza.

En agosto, hace solo un par de meses, las redes sociales se inundaban de fotografías alarmantes que mostraban devastadores incendios en la selva amazónica. Mensajes de “reza por la Amazonía” o de meditaciones colectivas para pedir al universo que lloviera, circulaban a velocidad de gigabits entre dispositivos móviles y ordenadores, como si con eso se pudiera conseguir realmente que quienes alimentaban las llamas olvidaran de golpe la especulación económica y los intereses políticos que los llevaron a provocar semejante catástrofe a nivel planetario.

Vista aérea del Amazonas ardiendo, y donde se ve la magnitud y el alcance de la catástrofe en el planeta

La cuestión es que hoy ya nadie se acuerda de la selva amazónica. Los telediarios han dejado de hablar sobre el tema, otras calamidades ocupan su lugar en los informativos y el olvido ha tejido su manta de silencio sobre ese lugar del mundo que, de pronto, ha dejado de preocuparnos. ¿Quién reza ya por que el fuego se apague? Pero sigue encendido. Y yo me acuerdo.

Me acuerdo a menudo de Yuri, la niña peruana que vive en la selva, cuya historia contamos María Angulo y yo en uno de los libros de la colección “Esto no es un cuento”. Me acuerdo de esos monstruos de aspecto aterrador, las pesadillas, que cada noche le impedían conciliar el sueño. Cuando escribió la carta que el libro recoge, Yuri no tenía miedo de las llamas, quizá lo tenga hoy, mientras sigue ardiendo el Amazonas. Da igual si son Bolivia, Brasil y Paraguay los países a los que pertenecen las hectáreas quemadas: es la misma selva, es el mismo planeta, es el mismo pulmón. La Amazonía arde.

Como escritora y narradora, me piden a veces “cuentos con valores”, “cuentos sobre ecología” “sobre medioambiente”. Me apasionan los cuentos, me encantan, vivo por, de y para los cuentos, pero pienso que no deben convertirse en meros instrumentos para meter con calzador lecciones que, acto seguido, nuestros actos diarios contradicen o anulan. ¿No sería mejor mantener un diálogo constante, maduro y razonado sobre la actualidad, en casa y en la escuela? ¿No sería mucho más productivo enseñar a niñas y niños a vivir y convivir, y dejar que los cuentos siguieran siendo el espacio en que habita la imaginación? No una herramienta “para…”, sino apoyo, refuerzo, anclaje y salvavidas de la humanidad.

La selva amazónica sigue ardiendo, aunque las noticias ya se hayan extinguido, porque ha empezado el cole y otras inquietudes mundanas nos ocupan. Y esto, de verdad, que no es un cuento.