Se armó la función

por | ARTÍCULOS, Mocos verdes

Se armó la función

No existen estadísticas oficiales sobre el número de circulares que puede llegar a sacar un niño del colegio en el mismo día. Pero si se le pregunta a los padres, en una artesana encuesta a pie de cole, la conclusión es que, llegado el final de curso, la cifra es exorbitante. Convocatorias de tutorías, avisos para llevar materiales, entregar fotos, preparar disfraces o memorizar poemas en casa para la traca final. Y da igual que las notificaciones lleguen en papeles sueltos, anotadas en la agenda o por mail. Se convierten en una abrumadora lista de tareas a realizar a la vez que se ayuda a estudiar para los últimos exámenes y se organiza el tiempo que tendrán libre los niños cuando finalmente les den las vacaciones.


Y es que acabar el cole es una fiesta para los niños, que últimamente llegan exhaustos –no se sabe si por la mayor exigencia del sistema educativo o por su pereza– al fin de curso. Pero la fiesta conlleva un duro coste, tanto económico como de esfuerzo, para sus papás. ¡¡Y esto ya desde la guardería!!
La mayoría de las veces pasa que los papás ponemos enormes expectativas en todos estos actos. Y es entonces cuando empiezan las frustraciones.


Así que, para evitar fallos, toca ensayar en casa los numeritos de la función… que tú no vas a poder ver porque tienes que trabajar y no te quedan días libres. Así que, a pesar del esfuerzo que has hecho aprendiéndote con él aquella coreografía de Bruno Mars o el papelito de una obra de teatro en inglés, te sientes culpable (¡¡una vez más!!) porque el niño se va a sentir solo, porque va a ver que los demás están acompañados por sus padres, porque no tendrás fotos del acontecimiento, al que le damos la misma importancia que a la lectura de una tesis doctoral… Y pedimos a la abuela el favor de que asista ella y saque las imprescindibles instantáneas del momento “artistazo”.


Pero pobre abuela, que se aburre como una ostra porque su nieto aparece sólo dos minutos y en segunda fila de un grupo de cuarenta árboles. Cuando intenta hacer las fotos, se lo impide una madre histérica convertida en paparazzi que ocupa todo el plano. Y luego se traga tres horas de tediosa función viendo hacer monerías a un montón de niños que no conoce de nada y que, “por supuestísimo”, ni son tan guapos, ni tan listos, ni tan artistas como su nieto. Todo para que, al final, y tras unas breves lágrimas de emoción al contemplar las fotos o la película de video, la mamá monte en cólera porque la distraída abuela le ha puesto el disfraz (¡¡¡de árbol, insisto!!!) del revés… Menuda tragedia.


Pero siempre puede ser peor: Esperanza recuerda como si fuera ayer el bochorno que pasó cuando su hija, que debía ejercer de presentadora en la gala escolar, subió al escenario con el precioso vestido que le había puesto su madre para la ocasión, intercambió unas palabras con un compañero y, tras observar detenidamente al concurrido auditorio, dijo por el micrófono: “No hablo”. Y bajó las escaleras sin inmutarse mientras la profesora quedaba al borde del infarto y los padres pedían a la tierra que los tragara. Benditas funciones escolares de fin de curso…

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