El miedo al aburrimiento domina la relación con la diversión y el juego en estos tiempos. Lo que nos obliga a comportarnos como si fuéramos parques de atracciones andantes, o a vivir bajo el peso de la culpa por no dedicar tiempo a entretenerlos.

“Mamá, me aburro. Y cuando un niño se aburre se muere”. La contundente sentencia la pronunciaba Pablo, con ese radicalismo propio de los 8 años, después de haber demandado a sus padres hasta la saciedad que jugaran con él. Y al margen de las exageraciones, tan del gusto de la edad, lo cierto es que la frase resume a la perfección varios elementos de los que rodean al mundo del juego y los niños hoy. Los adultos sentimos pavor a dejar que los niños se aburran en estos tiempos. Pese a que el aburrimiento es en realidad una oportunidad para estimular la creatividad, activar la imaginación, inventar. Sean historias, nuevos juguetes creados con cosas imposibles, o travesuras, lo cierto es que los niños de hoy están poco acostumbrados a tener que inventar.

Un perro robot responde dócilmente a las órdenes que le da Miguel: salta, se sienta o duerme. Incluso da la voltereta. Y ronca, ladra y hasta tararea una canción. Tiene las ventajas de un perro de verdad sin los inconvenientes. Pero no es un perro de verdad, evidentemente. Y Miguel lo sabe de sobra. Por eso, después de pedir durante meses el juguete, termina aparcándolo en la estantería de su cuarto a los pocos días de conseguirlo. Y reclamando ese perro de carne y hueso que le entretendrá de verdad y para siempre. Pero el problema no es que perro sea de mentira. En eso han consistido siempre los juguetes. El problema es que no deja resquicio a la imaginación. Ni siquiera a otras actitudes como la ternura o la rebeldía. Porque es un juguete rígido, que no se puede achuchar, ni bañar, ya que se estropearía su sofisticado mecanismo. Y que hay que tratar con especial cuidado porque cuesta mucho dinero. El resumen antitético de las mejores cualidades de un verdadero juguete.

Así que los juguetes no cumplen con su misión y los adultos nos sentimos obligados a comportarnos como animadores socioculturales, embargados como estamos en el sentimiento de culpa y la obligación de tenerlos satisfechos, felices y entretenidos en todo momento y lugar.

¿Es bueno que los padres seamos los habituales compañeros de juego de nuestros hijos? Desde luego que no. No si eso implica que los privemos a diario de modelos intermedios de comportamiento con los que compararse. Si les resta la posibilidad de medirse en plano de igualdad con sus iguales (valga la redundancia). Si implica no dejar resquicio al aburrimiento y por tanto al imperio de la imaginación. Dicho lo cual, tampoco está de más que de vez en cuando entremos en sus juegos, conozcamos sus gustos y aficiones y les propongamos cosas nuevas que les sirvan de desafío y les enseñen cosas interesantes. Pero no como un asfixiante imperativo legal de la paternidad, sino como un auténtico disfrute. 

Y, dicho sea de paso, nada más divertido, entretenido e inspirador para la imaginación de un niño que un libro. 

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